No se ve, se siente y se puede tocar; mueve, modifica, roe. Como el agua, pero más liviano. Pensando y pensando en esta noche silenciosa y llena de ruidos a la vez, me imagino que el mundo está cubierto de una tela de seda transparente, que se mece y enarbola, como ondas en el mar, sobre nuestras cabezas, se enreda en nuestro pelo, y se enrrolla en los sombreros de los paseantes desprevenidos; miles de diamantes de hielo caen sobre ella, agujeréandola y modificandola, para adornarnos, y al juntarse formar un envoltorio de espejos licuados.

Adornan la ciudad con guirnaldas de flores, que por estos días empiezan a aparecer en los cerezos, con gotitas, con mundos paralelos al final de la calzada. Me asomo en la posa antes de pisarla, y veo ese mundo frágil desaparecer bajo mis botas de goma.

El crujir de la puerta de la bodega que quedó mal cerrada, las hojas de los árboles que conversan con las chispas que caen sobre el techo de metal, una sinfonía de ecos primitivos; cierro los ojos, y podría estar en cualquier parte del mundo, en una época cualquiera.

Viento y agua, desde siempre; son iguales, pero tan distintos; van de la mano desde el principio de los tiempos, uno lleva el otro va, uno siempre furioso mientras el otro pacifica; se complementan como llave y cerradura.

Vuevo a la realidad, la lluvia cae, el viento la hace golpear mi ventana; duermo feliz, el mundo no se puede acabar mientras llueva y corra el viento: siempre hay invierno antes de primavera.